Tras la que se dijo que fue la boda del siglo, la del príncipe William con Kate Middleton, la siguiente boda más esperada no ha sido la de la supermodelo Kate Moss, casada el viernes pasado, sino la del príncipe Alberto de Mónaco con Charlene Whittstock, en una ceremonia donde dicen que apenas ha habido sentimiento.
El pasado viernes 1 de julio contrajeron matrimonio por lo civil el príncipe Alberto de Mónaco y Charlene Whitstock tras 10 años de relación. Han tardado en hacerlo, 53 años tiene él, pero ya está asegurado el futuro del pequeño Principado del sur de Francia. El acto civil del viernes fue un pequeño aperitivo de carácter familiar para prepararse para lo que vendría el sábado: la gran boda eclesiástica donde han asistido 3.500 invitados entre las casas reales de medio mundo, jefes de estado como Sarkozy, diseñadores de moda, actores y actrices y grandes empresarios.
Seis años ha estado el trono de Mónaco sin rey desde que murió Raniero. Y como extraña ha sido la relación de los novios, y en general, la vida de los Grimaldi, la boda no fue una excepción. Se casaron en el patio del Palacio Grimaldi, sobre una gran alfombra roja por donde iban desfilando tanto la pareja como los invitados. Todo muy hollywoodiense, como no podía ser menos. Charlene, de nadadora a princesa, vistió un traje diseñado por Giorgio Armani, mientras que Alberto, también vistió de blanco ya que lo hizo con el uniforme de gala de la Guardia de Mónaco.
Ni tan siquiera el Ave María cantado por de Andrea Boccelli logró que hubiera sentimiento en la boda de Mónaco. La ceremonia fue correcta, pero totalmente exenta de emoción. Eso sí, toda ella estuvo diseñada para la televisión, corroborando el carácter de espectáculo que todo el mundo esperaba.
La novia eligió un peinado bajo y un maquillaje sencillo, apostando por la naturalidad y sin diadema, como es tradicional entre las princesas de Mónaco. Eso sí, adornó su pelo con un impresionante broche floral que le prestó la princesa Carolina.
En cuanto al menú, destacó un impresionante pastel nupcial de siete pisos, 2.000 flores de azúcar y 50 kilos de fresas. La cena oficial, realizada en la Ópera de Garnier de Montecarlo, fue confiada al prestigioso chef Alain Ducasse.
Charlene se mostró tímida y contenida, mientras que Alberto parecía como ausente. Media hora de ceremonia bastó hasta que se dijeron el segundo ‘oui’ en 24h. A partir de ahí los novios se mostraron más cercanos y más reales. Hasta hubo sonrisas nerviosas al tener dificultades con el anillo del novio. Otro momento destacado fue cuando sonó un canto tradicional sudafricano, interpretado por Pumela Matshikiza, que hizo que a Charlene se le cayeran las lágrimas.
Charlene se ha convertido en una princesa de diseño siguiendo el ejemplo de Grace Kelly. Esculpida por los mejores estilistas y algún que otro cirujano lo siguiente es conseguir el prestigio real y la credibilidad de su matrimonio. Tras aceptar a los dos hijos reconocidos por Alberto (de 19 y de 12 años), le han aparecido dos más recientemente, y la madre de uno de ellos pretende aguarles la luna de miel contando la exclusiva.
Quizá no ha sido la boda más esperada del siglo, pero sí la que más rumores y expectación ha levantado. El cambio estético radical a la que ha sido sometida la novia, los nuevos hijos que le han salido a Alberto recientemente, los rumores de huída de Charlene… todo un cóctel explosivo al que ya están acostumbrados en Mónaco.